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El funcionario escindido: otro tonto útil

buenísima

De lo mejor que he leído en meses y, además, debo aclarar que he sido testigo en numerosas ocasiones de la bobadas de Enguita y, también, de su falta de respeto mientras juega a ser Dios.  Lectura muy recomendada:

http://discursiones2.blogspot.com.es/2013/04/el-funcionario-escindido-o-el-extrano.html

Leo la anécdota en el ameno y clarificador ensayo Keynes vs Hayek, escrito por Nicholas WapshottFriedrich Hayek, el que se convertiría en adalid de la rebelión contra el intervencionismo del Estado en los asuntos económicos de los ciudadanos, recién llegado a EEUU, con apenas 24 años y sin posibilidad de contactar con la persona que iba a contratarlo para una universidad norteamericana, estuvo a punto de trabajar como friegaplatos en un restaurante para poder mantenerse en EEUU sin que lo deportaran. Finalmente el problema se solucionó y entró a trabajar en la universidad pasando así a ser un empleado público, uno más, de tantos, de índole intelectual, sí, profesor universitario, de acuerdo, pero un trabajador público más al fin y al cabo cuya labor sólo podría desarrollarse (entonces y ahora) bajo el paraguas del Estado, de su arquitectura institucional. No era la primera vez que trabajaba en el ámbito de lo público, ni fue la última. Ni mucho menos. En diferentes países. En su caso, durante toda su vida. En sus 92 años el famoso economista jamás trabajó para el sector privado. Su caso es paradigmático. Es la gran figura, el Messi ultraliberal, aquél al que idolatran todos los liberales dogmáticos, todos los que creen en la posibilidad utópica de un libre mercado ajeno a las interferencias políticas, los que defienden la existencia de un Estado mínimo que no interfiera en el equilibrio “natural” de los mercados (cuando hablan de Estado mínimo no es difícil establecer a qué mínimo Estado se refieren, claro. Al que los proteja a ellos, a la élite, de los miserables que peleen por su supervivencia). Lo deHayek puede parece intrascendente pero para mí es de capital importancia, clave y significativo. Hace poco, en la presentación de2020, la última (y excelente) novela de Javier Moreno, que narra de manera distópica las consecuencias sociales que la crisis actual puede terminar provocando, el autor defendía la necesidad de introducirse como personaje en la trama de dicha novela para permitir al lector una identificación primaria con un tipo cualquiera, como ellos, como yo, como tú, una hormiga más aplastada por el peso de la Historia. Por el peso de una visión abstracta y generalista de ella que olvida a los individuos en su búsqueda científica de razones y consecuencias que puedan explicar un devenir teleológico del tiempo. Obviando los conflictos diarios, dejando de lado la vida para narrar tan sólo el acontecimiento. Eludiendo por tanto aspectos tan sensibles, tan importantes para una comprensión real de lo acaecido como el análisis de la trampa continua de la contradicción, de la construcción del artificio con el que logramos elaborar discursos grandilocuentes que, tras la excusa de una humana debilidad, nuestros actos y decisiones vitales contradicen continuamente de manera indecente. Días después discutía a través de Twitter con Mariano Fernández Enguita, profesor de Universidad (pública) y sociólogo entronizado por el grupo PRISA como el gran experto educativo de este país. Sin signo aparente de asumir la incoherencia de su discurso en relación con su propia condición de funcionario, defendía la enseñanza concertada (tan sólo en las enseñanzas primaria y secundaria, claro) y la selección privada de profesores de la red concertada financiada con fondos públicos alegando, sorprendentemente que, al fin y al cabo, la crisis no había supuesto ningún despido de los 700000 funcionarios (¡“antes de los recortes”! decía). Se puede justificar tamaña memez por la anoréxica construcción intelectual a la que induce Twitter, que hace un daño terrible a la lógica y a la coherencia de los enunciados construidos de forma precipitada sólo para vencer en la disputa dialéctica. Era mucho más revelador lo que había escrito días antes: ante el acoso argumentado de otros tuiteros acabó defendiendo que no se podía comparar la importancia de su plaza de profesor universitario (¡faltaría más!) con la de un profesor de secundaria (que era la profesión de uno de sus adversarios dialécticos).
 
No he dejado de pensar en esa significativa afirmación desde entonces porque encierra una de las cuestiones más importantes que subyace en la eterna controversia que genera el sector público, que genera un Estado directamente empleador y gestor de ciertas áreas enormemente sensibles en la vida de los ciudadanos: muchos de los que elaboran el discurso contra el Estado, de los que abogan por su reducción, de los que defienden la eliminación de funcionarios de bajo nivel y la pérdida de derechos laborales suelen pertenecer a una casta particular dentro de la función pública que, sintiéndose a salvo de los recortes y sabiéndose económicamente fuertes para soportar ciertas reducciones salariales (que compensan con jugosas prebendas paralelas del sector privado), construyen un discurso maniqueo desde sus castillos de cristal, ajenos a las necesidades reales de sus conciudadanos y a su sufrimiento, jugando a ser científicos a partir de principios económicos ideologizados. Desde hace años soy fiel oyente de varias tertulias económicas que se emiten en las radios generalistas. Varias veces he revisado las biografías de algunos de estos viscerales defensores de la competencia despótica, del Estado anoréxico y de la supervivencia de los mejor adaptados a las necesidades de los mercados (como si éste fuera un elemento más de la naturaleza y ellos neodarwinistas sociales sin interés alguno más allá del estrictamente científico). En casi todos los casos he descubierto amplias trayectorias laborales dentro la función pública (un ejemplo paradigmático sería el de el siempre “jovial” y “ocurrente” Carlos Rodríguez Braun). A pesar de ello es increíble el consenso que todos alcanzan en su firme defensa de la neutralidad de los mercados y de la ineficacia y corrupción que la intervención y el control de los Estados introduce en la economía, un efecto desestabilizador al que no dudan de culpar de todos los males, tanto en época de crisis como de bonanza, en su cruzada ideológica porque el capital fluya sin control, los impuestos se reduzcan a su mínima expresión y los “acuerdos” entre ciudadanos “libres” y responsables sustituyan a la molesta tutela del Estado. Es muy divertido escuchar también como critican la productividad de los funcionarios, sin que nunca nadie les ponga en su sitio y les recuerde que eso es lo que ellos mismos son y que tal vez no saldrían bien parados de un criba objetiva en las universidades públicas. Esa que desprecian con toda su alma. La misma que les da de comer.
 
En definitiva, una y otra vez me encuentro con estos profetas del neoliberalismo económico, de la reducción del Estado, de la desregulación de los mercados, de la eliminación de funcionarios, de la necesidad de limitar el acceso a la sanidad y a la educación, de la reducción de impuestos a los más ricos para dinamizar la economía, incluso (es cierto, no me invento nada) de la necesidad de la existencia de los paraísos fiscales porque si no “el sistema tal vez no se sostendría” y porque “a la gente (a los ricos quería decir el experto en cuestión, claro) no le gusta que le quiten su dinero a través de los impuestos”. Intelectuales de salón, mentes tan brillantes como estériles, siempre elegantemente trajeados y con una dicción perfecta, aparentando ser lo que no son, deseando un mundo en el que ellos mismos no tendrían cabida. Paradójicamente, junto a los políticos (la otra cara de la misma moneda), conforman el equipo imbatible de tontos útiles (siempre al borde del sacrificio a las masas) al servicio de los que realmente mueven los hilos en la sombra, se enriquecen y controlan el sistema. Figuras insustanciales dentro del contexto que defienden pero que viven cómodamente salvaguardados por los derechos que les otorga trabajar para el Estado del que despotrican, derechos a los que jamás renuncian pero que consideran inasumibles para el resto de la sociedad, para el resto de ciudadanos.  Los otros, la chusma, el pueblo, la masa, debe aceptar una vida en continua competencia agónica por la supervivencia para demostrar la validez de sus hipótesis. 
 
Ellos, mientras, seguirán dictando sentencias, justificando sus continuos errores de predicción en base a los errores de otros, construyendo profecías autocumplidas, argumentando sobre la maldad intrínseca del Estado, asumiendo las bondades de un mercado liberalizado que nunca es lo suficientemente libre como para asumir sus desaciertos como propios. A nosotros sólo nos queda el recurso final: escucharlos con atención, desmontar la falacia de sus argumentos, desnudar sus contradicciones y destruir sus defensas. Construir una alternativa social y política con la que intentar no dejar a nadie atrás. Luchar por ella si nos vemos capaces de ello pero si no es así, al menos, no perder la lucidez, no dejarnos engañar ni manipular, reconocer al enemigo, ser capaces de captar las mentiras que sustentan sus discursos. Dejarlos solos, aislarlos. Porque son parte del problema. Y nunca serán parte de la solución.
Categorías:IMPRESCINDIBLES
  1. abril 21, 2013 en 10:50 am

    Reblogged this on Asturgalicia Noticias.

  2. mayo 27, 2013 en 3:11 am

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